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Se dice que en la vida las oportunidades son muy pocas, y muchas veces cuando verdaderamente llegan nos encuentran con una visión tan pequeña que con un mínimo esfuerzo nos sobrepasan y
nos pasan por encima, sin darnos cuenta. Personalmente
creo que la vida nos da muchas oportunidades, no pocas. Pero si coincido con que día a día, y laboriosamente, y
a veces obstinadamente, como agua entre los dedos,
las dejamos pasar. A través de los siglos, la búsqueda de los seres humanos ha sido
“cuando darse cuenta en el momento justo, de lo mejor para nuestras vidas”. De lo mejor, sin influencias y sin sugestiones y encantamientos sociales. Cuando es el momento justo, para elegir lo mejor para lo nuestro, pero desde nosotros mismos. Por otro lado la realidad exterior es tan caleidoscópica, que más que caminos nos brinda laberintos. Y si la realidad es un laberinto, no se trata de elegir el mejor camino,
se trata de construirnos nuestro camino. Que no será ni el mejor, ni el peor, pero será el
nuestro. Tan nuestro, que hasta somos capaces de compartirlo con los seres q amamos, tan nuestro, que hasta somos capaces de compartirlo si es necesario con toda la humanidad. Pero ahora bien,
de que lugar puede salir lo q verdaderamente es nuestro, ¿De la mente, de la razón? No creo;
la razón, a pesar de los miles de años transcurridos siempre ha sido, para decirlo de alguna manera,
muy escueta. ¿De las pasiones?
La pasión es importante, pero tiene, como los gorriones,
vuelo bajo.
¿Y entonces del corazón? Sí. El amor es el único instrumento, es la única herramienta que alimenta nuestros sueños, y los lleva a la realidad. Sin sueños, ni realidad, no hay proyectos. Y sin proyectos así fundados no hay camino posible.
Si el camino se construye, las oportunidades también. Y si partimos de la base, que todo lo q hacemos en la vida tiene ecos en la eternidad. Nosotros somos nuestra propia eternidad. Y desde este lugar no hay puertas que se nos puedan cerrar,
ni caminos que no podamos transitar. Y si bien es cierto que el mundo exterior se empeña en cerrarnos los caminos,
en hacernos sufrir, con la excusa del sacrificio; y fundamentalmente,
en confundirnos. Si a cada instante vivimos desde nuestra verdad, nuestra eternidad y nuestro corazón; no hay poder por mas fuerte que parezca que no se doblegue ante nuestros latidos de amor.